La peregrinación forzosa a Santiago de Compostela fue uno de los castigos penales que, tanto los tribunales eclesiásticos como civiles de las ciudades de media Europa, aplicaron a los condenados desde la Edad Media hasta la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII.

El derecho canónico medieval, en los llamados «Penitenciales», empezó a utilizar la peregrinación como método de castigo de determinados delitos cometidos por clérigos o seglares.

Según el delito cometido, se graduaba la distancia y la duración de la peregrinación «expiatoria».

En el Penitencial de los 30 Capítulos, por ejemplo, se imponían sanciones de peregrinación de por vida al obispo que hubiera cometido un homicidio, peregrinación por tiempo determinado al clérigo que, con intención o por odio, hubiera matado a alguien, a los sacerdotes que violaran el secreto de la confesión, a los que hurtaran cosas sagradas, etc.

A los seglares, por su parte, se les imponía la peregrinación forzosa si habían robado dinero a la iglesia, si habían cometido delitos contra sus familiares, si habían «fornicado», y los que habían cometido adulterio.

También existían agravantes en estos delitos.

En esos casos a los peregrinos forzosos se les obligaba a arrastrar cadenas, hasta que su uso «o un milagro» le librasen de ellas, o, en el caso de los hombres, a peregrinar desnudos; por lo que a las mujeres se refiere, debían hacerlo llevando una vestidura blanca o con un traje de penitente.

Antes del siglo XIII, como bien cuenta José Antonio Corriente Córdoba en «El Camino de Santiago y el Derecho», los poderes seculares de los Países Bajos, Francia y Alemania, tomaron del derecho canónico la pena de peregrinación forzosa u obligada.

Su aplicación fue muy variada, en cuanto a las conductas a sancionar.

Iban desde el homicidio, lesiones o heridas de cierta gravedad producidas en lugar sagrado, pasando por el rapto de una mujer, ciertos delitos contra la propiedad, el impago de renta o alquileres debidos a la ciudad, injurias, adulterio, blandir armas de filo contra alguien hasta algunas infracciones a ordenanzas municipales.

A los jueces corruptos también se les aplicaba la peregrinación forzosa.

En especial a aquellos que se aprovechaban para comprar bienes o créditos que estaban en litigio.

El poder civil también aplicó la peregrinación forzosa colectiva o masiva a familias enervas o a ciertas comunas o poblaciones rebeldes después de firmar la paz con el Rey; una forma ingeniosa de apartarles del territorio durante un largo despacio de tiempo.

En la actualidad, Bélgica sigue manteniendo la peregrinación forzosa como pena.

Dentro del llamado proyecto Oikoten, jóvenes condenados por delitos menores evitan ir a la cárcel, o acceden a la redención definitiva de su pena peregrinando a Santiago de Compostela.

Y es que no hay nada como inducir a la reflexión con una buena caminata de 1.777 kilómetros. Una experiencia que transforma a cualquiera.